24 diciembre 2014

Ennio Morricone: la noche en que derrotó al tiempo

El italiano conjuró emociones, imágenes y sentimientos ante un público que se le rindió hasta olvidar el aquí y ahora por estar inmersos en la magia de la mejor música escrita para cine.

Francisco Peña.

Para Dora María, con todo mi amor. Tierno puente que une el latido de El éxtasis del oro con el corazón de Cinema Paradiso...

“Ennio Morricone. Música para el Cine” fue un concierto único. El compositor atrajo a un público que no se mezcla entre sí en otros eventos, pero que esta vez se reunió para borrar el paso del tiempo durante las dos horas y media en que la batuta de Morricone conjuró su música en un gran rito cinéfilo.


El pasado martes 27 de mayo de 2008 acudieron varias generaciones al Auditorio Nacional. La primera conoció a Morricone en los 60 y 70 con Un puñado de dólares, El bueno, el malo y el feo, Érase una vez en el Oeste y el toque contestatario de La batalla de Argel. Por eso fue notorio ver que más del 30 por ciento de los asistentes tenían el pelo canoso y muchos hombres portaban barba, ya marcada por el tiempo. La segunda lo escuchó con La Misión y Érase una vez en América y quedó marcada. La tercera es hija sentimental de Nuevo Cinema Paradiso y Malena. Por eso la edad del público osciló entre los 32 y 60 años, cuya mayoría rondaba los 40: parejas o grupos de amigos que cenarían juntos después (mezclando apellidos como Avogaro, Ballescá, Jiménez, Rivera, Pulido y Guzmán). Aquí y allá, un poco aislados, grupos de jóvenes cinéfilos en los 20 que disfrutaban del mito musical Morricone.


Desde las 8.30 pm el público guardó silencio hasta que a las 8.45 pm un largo aplauso celebró la entrada del compositor. El concierto, dividido en dos partes, comenzó con Los intocables y se inició el juego de susurros donde algunos reconocían el nombre de la película por la música sin recurrir al programa. El aliento general se contuvo cuando siguió Érase una vez en América, donde se evocaron más los rostros de jóvenes mafiosos y una muy joven Jennifer Connelly que un Robert de Niro ya viejo. El público se sumergió en la densidad de las secciones de cuerdas salpicadas con arpa y cornos. Morricone marcó así el tono del concierto: enfatizó la dulzura y melancolía en la mayoría de sus melodías y fue sumando ritmos, instrumentos eléctricos (guitarra, bajo, órgano) y batería. A las 9.30 pm, luego de 45 minutos instrumentales incorporó el elemento final: la voz humana, con la soprano Susana Rigacci. El estilo inconfundible de Morricone se había apoderado del Auditorio Nacional: la música (no la imagen) era la estrella de la noche.

El cierre de la primera parte fue muy especial para la primera generación, la que en su momento gozó el cine de Sergio Leone en su estreno original: El bueno, el malo y el feo; Érase una vez en el Oeste, Agáchate maldito / Érase una vez la Revolución… El clímax, con Rigacci, la orquesta Roma Sinfonietta y el Coro México a plenitud fue la hermosísima El éxtasis del oro. Las lágrimas que rodaron por los rostros de esa generación al oirla se confundieron con un aplauso desbordante: durante un momento eterno el tiempo verdugo fue vencido.





El inicio de la segunda parte fue aún más melancólica: Morricone subrayó la dulzura de su música con un diálogo continuo de las cuerdas y melodías de cintas poco exhibidas en México. Sin embargo, así como homenajeó a Leone, así hizo lo mismo con su amigo Gillo Pontecorvo al romper el ritmo con la dinámica La batalla de Argel y un fragmento de Queimada. Luego de otra secuencia de películas poco proyectadas aquí pero cuya música es de gran fuerza dramática (adivinen sin ver el programa, por favor), Morricone llevó al delirio a la segunda generación con La Misión: el oboe de Carlo Romano y el coro final llenaron de emoción a quienes hicieron de esta cinta una de sus favoritas.



En medio de aplausos y gritos de ¡Bravo!, el público esperó impaciente el encore. Faltaba satisfacer a la tercera generación y Morricone la hizo vibrar con Nuevo Cinema Paradiso, la más romántica y sentimental de todas sus bandas sonoras y donde el público estuvo más hermanado. Pero, curiosamente, la única melodía que repitió el compositor en todo el concierto fue El éxtasis del oro: en el encore hizo salir de nuevo a Susana Rigacci para lucir su voz y, de nuevo, otra vez en la noche el tiempo fue derrotado.





Para cerrar el compositor escogió una melodía inesperada, famosa pero no tan popular, con letra y no instrumental: La balada de Sacco y Vanzetti, entonces cantada por Joan Baez y ahora por el Coro México. Fue un remate genial para una noche perfecta, donde tres generaciones de cinéfilos se reunieron en torno a una de las figuras claves del cine mundial: Ennio Morricone, uno de los pocos artistas aún capaces de frenar el paso del tiempo en la memoria de todos nosotros, sus afortunados oyentes.