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22 octubre 2016

Paul Newman, te extrañaremos (su retiro del cine)

La leyenda ojiazul dejó atrás al cine luego de 50 años de trabajo actoral. La carrera de Newman demuestró que la excelencia fílmica se obtiene con trabajo y no se mide con Oscares ganados

Francisco Peña.

“Ya no puedo trabajar más como actor en el nivel que me gustaría”, dijo el actor Paul Newman. Se encontraba en una entrevista frente a las cámaras de la cadena estadounidense ABC, en el programa Good morning America. Aunque ya se esperaba su decisión de retirarse definitivamente del cine, no por eso dejó de ser un momento triste y nostálgico para los cinefilos, en especial para las generaciones de mujeres que lo admiraron en los 60 y 70.


Sus ojos azules, claros y expresivos, se plasmaron por última vez en Camino a la perdición (Road to Perdition – 2002) en un duelo de actuación con Tom Hanks, ambos dirigidos por Sam Mendes: protagonizó al gangster John Rooney con un señorío que llenaba la pantalla. Todavía su voz dio un paso más que su rostro en el mundo del cine: en 2006 participó en la cinta de dibujos animados Cars, de John Lasseter, dando su voz y personalidad al viejo auto Doc Hudson, mentor del personaje Lightning McQueen. Hizo este papel porque es un apasionado de las carreras de autos en donde participó como piloto. Pero el actor, que nació en Shaker Heights cerca de Cleveland Ohio, el 26 de enero de 1925, será recordado por muchos otros personajes a los que dio vida.


“Empiezas a perder la memoria, comienzas a perder la confianza, empiezas a perder la inventiva. Así que creo que ya es un libro cerrado para mí”, insistió Newman en la entrevista. La misma honestidad con que tocó el tema de la merma de sus facultades marcó también su carrera, inspirada en el famoso “Método” de actuación impulsado por el Actors Studio de Nueva York. Newman estudió allí en la década de los 50 con Lee Strasberg y formó parte de una famosa camada de actores: Marlon Brando, Montgomery Clift y James Dean, con los que fue comparado en innumerables ocasiones. Antes de sumergirse en el “Método”, Newman fue operador de radio en la Segunda Guerra Mundial en el Cuerpo Aéreo de la Marina y volvió para estudiar economía en el Colegio Kenyon, donde descubrió el mundo del teatro y la actuación, para no abandonarla jamás. Su primer paso lo dio en la Escuela Teatral de Yale y después se mudó a Nueva York. En 1953 debutó en Broadway y su éxito lo llevó a Hollywood donde la Warner Brothers le dio su primer protagónico en El cáliz de plata (1955).


“Siempre fui un actor de carácter pero tenía la cara de Caperucita Roja”, dijo alguna vez Paul Newman burlándose del comienzo de su carrera, que fue meteórico. La autoparodia contenía algo de verdad. Newman encarnaba una combinación ganadora: cuerpo atlético, perfil clásico atractivo, ojos azules expresivos. Le sumó una selección muy inteligente de papeles y un sentido del humor cautivador. En los 60 y 70 fue una estrella preferida por críticos, público y taquilla. Sus características físicas, que lo destacaban, a veces provocaron que no se le tomara en serio como actor pero siempre peleó contra los estereotipos.


Fue nominado nueve veces al Oscar, pero su postura política de militante demócrata de ala liberal fue un impedimento invisible para que lo ganara. Hasta 1986 y 1987 fue reconocido con el Oscar. El primero honorífico, el segundo al Mejor Actor por El color del dinero, de Martin Scorsese, secuela de otra de sus famosas cintas, The Hustler (Robert Rossen, 1961), por la cual también fue nominado sin ganar. “Fue como perseguir a una bella mujer como por 80 años. Finalmente, cuando se te rinde, le dices: lo siento mucho, pero estoy muy cansado…”, comentó entre risas luego de ganarlo.

En El Color del dinero, con Tom Cruise.

Dos de sus películas más populares las hizo en mancuerna con Robert Redford. La primera es la clásica Butch Cassidy y Sundance Kid (George Roy Hill, 1969, con secuencias filmadas en México), donde compartieron créditos con Katharine Ross (famosa por El Graduado). Se recuerda la escena donde Newman y Ross montaban una bicicleta al ritmo de la canción de Burt Bacharach “Raindrops keep falling on my head”. Fue tal el éxito que la pareja de actores se reunió con el mismo director en 1973 en El golpe (The Sting, Roy Hill), acompañados de la música ragtime de Scott Joplin, que se volvió famosa en la época. Cuando Newman coqueteaba con un retiro previo, se abstuvo porque deseaba hacer una nueva cinta con Redford: el proyecto no llegó a tomar forma.


“Me gustaría ser recordado como alguien que luchó, que trató de ser parte de su tiempo, que trató de ayudar a la gente a comunicarse, que trató de tener decencia en su vida, que trató de crecer como ser humano. Alguien que no fue complaciente, que no cedió”, aseveró en alguna ocasión Newman. Precisamente así como lo recuerdan –y recordarán- los cinéfilos por sus actuaciones más logradas. Entre ellas está la de la mencionada The Hustler, donde es el clásico joven solitario (Eddie Felson) que se enfrenta a sus propios demonios y al campeón de billar Minnesota Falls, actuado por el extraordinario cómico Jackie Gleason en una de sus apariciones dramáticas. También destacó como el alcohólico Brick Pollitt frente a la hermosa Elizabeth Taylor en Un gato en el tejado caliente (Richard Brooks, 1958), basada en la obra de Tennessee Williams. De Williams también llevó al cine Dulce pájaro de juventud (1962) de la mano del mismo director Richard Brooks. Aquí unió sus dos pasiones actorales: teatro y cine.

En The Hustler, con Jackie Gleason.

La vena anarquista de su personalidad tuvo rienda suelta con un director con la misma mentalidad: John Huston. En La vida y tiempos del juez Roy Bean (1972), Newman encarna al juez tejano que fue “la ley y el orden” arbitrarios en varios condados. Newman y Huston cantan una elegía al Viejo Oeste que desaparece con la modernización mecanizada de Texas a finales del siglo XIX y principios del XX. Es inovidable la escena cuando Roy Bean conoce en persona a su mítica actriz favorita Lily Langtry: es un encontronazo actoral entre Paul Newman y Ava Gardner, cuya belleza felina merecía su lema de “el animal más hermoso del mundo”.



Como ser humano, Newman mantuvo su vida privada al margen de escándalos, tragedias y excentricidades del tipo de las que asolaron a su contemporáneo Montgomery Clift o a las contemporáneas Britney Spears y Lyndsay Lohan. Su matrimonio con Joanne Woodward es un arquetipo de fidelidad ya mítico en Hollywood; celebraron 50 años de unión en 2008. “¿Por qué buscar hamburguesas en la calle cuando en casa tienes un filete?”, llegó a decir Newman en plan sarcástico a un periodista que lo cuestionó sobre su matrimonio.

Lo mismo puede decirse de su obra fílmica frente a algunos autonombrados “estrellas del cine” actuales. Todos estos años ver a Paul Newman fue un placer de primera clase. Ahora que se retiró en definitiva se pierde algo del corazón del cine y, sí, ¡lo extrañaremos!

08 junio 2015

Noches de Cabiria, Las / Le notte di Cabiria, de Federico Fellini

Francisco Peña.


En 1957 Fellini ya había filmado varios de sus primeros éxitos internacionales y el público y la crítica especializada esperaban el siguiente paso en su obra. La Strada había mostrado las dotes actorales de la que fue su esposa, la actriz Giulietta Masina.



En ese contexto, Fellini concentró sus habilidades en una cinta en donde su esposa sería la figura principal al encarnar a un personaje tragicómico que pasaría a la historia del cine junto con la famosa Gelsomina de La Strada: la prostituta Cabiria Ceccarelli.


Fellini juega en Las noches de Cabiria con uno de sus primeros temas favoritos, el de la gracia y la salvación frente a la dureza de la vida. Este tema no desaparecería totalmente en su obra posterior, pero el optimismo bajaría de tono.

La anécdota de la cinta, ya conocida por su transmisión en canales de televisión cultural, encarna la preocupación filosófica del director; pero el diseño del personaje de Cabiria se mueve más en la realidad que en el simbolismo, lo que le da un aire fresco que aun se mantiene con los años.

La cinta inicia con el intento fallido del asesinato de Cabiria por su amante. El tipo huye con su dinero y la abandona. A partir de esta primera escena, la vida de Cabiria presenta distintas esperanzas con finales frustrados una y otra vez. Su encuentro con un famoso actor, que la levanta de la calle luego de una pelea con su amante, termina en la ridícula situación de tener que ocultarse en el baño. Los encuentros religiosos en busca de un milagro también terminan en la paradoja humorística.


Probablemente la escena más reveladora es cuando Cabiria se somete a un acto de hipnotismo en un teatro de revista, uno de los sitios preferidos por Fellini. Allí se presta a que un mago la hipnotice y, durante el acto, Cabiria cuenta sus anhelos profundos de tener un amor verdadero, un hombre, un hogar e hijos. El acto termina como el símbolo de que la magia, la imaginación, nos permite decir nuestros anhelos, pero no puede incidir directamente en los acontecimientos reales.

El resto es conocido, Cabiria se enamora de un nuevo estafador que le quita los ahorros de su vida y nuevamente intenta asesinarla pero no puede. "Todo es cíclico", diría Antonio Zamora, uno de los cinéfilos mexicanos más conocedores de Fellini, respecto de esta cinta.


En el final Fellini hace que Cabiria se mezcle en el camino con personas que realizan un festejo. La hermosa y entrañable música de Nino Rota hace que Cabiria se les une en el canto, en el baile y la alegría. De nueva cuenta, de forma inesperada, Cabiria reencuentra el gusto por vivir. Su amor por la vida es más fuerte que cualquier desgracia. Cabiria - Masina tiene la gracia y puede salvarse ante la crueldad de la vida.

Cabiria encarna el optimismo filosófico del director italiano; la vitalidad e inocencia que Masina imprime en la actuación hace que su personaje sea, si no verosímil, si adorable.


Es en este punto donde los años no han pasado en balde. La magia de Fellini funciona perfectamente, y su obra aun es capaz de presentar ante el público su magia cinematográfica. La inocencia de Cabiria es disfrutable, pero hay 42 años de distancia entre la época de su estreno y nuestro tiempo.

Mientras la cinta y los ojos de los espectadores están entrelazados funciona el juego de la imaginación. El mago Fellini nos hipnotiza de nuevo y nos hace creer en su personaje, en su optimismo innato. Pero el mismo Fellini fue desprendiéndose de esa visión y, aunque nunca abandonó su magia, ésta se volvió más sombría (Casanova, E la nave va).


Ante una re-visión de Las noches de Cabiria, el espectador que conoce otras cintas de Fellini descubre ahora los hilos detrás de las marionetas: ya no se puede tener la misma aceptación de su optimismo.

Sin embargo, como el mismo Antonio Zamora señalaría, es perfectamente válido ejercer frente a Las noches de Cabiria "el dulce ejercicio de la nostalgia y de la memoria".

Así pues, ante este clásico cinematográfico, lo mejor es ser un espectador voluntario que se ofrece ante el mago para participar en su acto de magia. La mejor actitud es dejar que la imaginación fellinesca nos lleve a ese universo creativo que él filmó. De esa forma, se puede compartir de nuevo ese optimismo aunque sea una ilusión, y también bailar al ritmo de la música de Nino Rota.

La magia aún vive en el cine y Fellini es uno de sus mejores exponentes.

LAS NOCHES DE CABIRIA / LE NOTTE DI CABIRIA. Producción: Dino de Laurentis Cinematografica, Les Films Marceau. Dirección: Federico Fellini. Guión: Tullio Pinelli, Ennio Flaiano, Brunello Rondi y Federico Felini. Año: 1957. Fotografía en blanco y negro: Aldo Tonti y Otello Martelli (sin crédito). Música: Nino Rota. Edición: Leo Catozzo. Restauración: Brigitte Dutray. Intérpretes: Giulietta Masina (Cabiria), Francois Périer (Oscar D’Onofrio), Franca Marzi (Wanda), Aldo ilvani (hipnotista), Amedeo Nazzari (Alberto Lazzari), Ennio Girolami (Amleto). Duración: 117 minutos. Distribución: Cineteca Nacional.